María sólo trabaja y su trabajo es ajeno

Para María no hay ocho de marzo, María sólo trabaja y su trabajo es ajeno. Parafraseando la conocida canción peruana, es la realidad de muchas Marías en el mundo, pero ahora nos toca hablar de María Montero Obregón, 33 años, 6 hijos a esa edad, principal sustento de su familia, que trabajaba como cobradora de un bus de transporte público en Santa Anita, Lima, y, como es usual en este tipo de actividad, estaba “colgada” de la puerta del vehículo, para llamar pasajeros y llenar aún más de personas a ese bus (los dueños de los vehículos exigen recaudar más y más dinero). Pero en la tarde del 4 de marzo el chofer del vehículo tuvo que hacer una maniobra para no chocar con un mototaxi, María cayó y el propio bus en el que trabajaba la arrolló con las llantas traseras, perdiendo la vida.

Ella solo trabajaba, en las peores condiciones, sin seguridad alguna, cumpliendo su rol de recaudar dinero para el dueño del vehículo, a quien no le importa nada más. El transporte público en nuestro país es así, está en manos de privados, que, como cualquier otra empresa en este sistema, lo único que buscan es ganancias, pues el trabajo no es digno en el capitalismo. Seguramente, al verla todos los días en ese trabajo, muchos hayan celebrado que se dedique a una actividad productiva y no solo a las labores domésticas no pagadas, hayan repetido que eso es un logro de la lucha de las mujeres. Otros habrán celebrado que tenga la oportunidad de dedicarse a una labor tradicionalmente realizada por hombres, “es que las mujeres podemos hacer de todo”. Todo eso es verdad, el capitalismo nos da la libertad a las mujeres de tener un trabajo no tradicional donde somos explotadas tanto o más que nuestros compañeros varones, donde el trabajo es nuestra tumba. Y eso no se celebra, eso se sufre, eso se debe denunciar y debe movilizarnos a luchar para que se respeten de verdad nuestros derechos.

Pero nuestra sociedad culpa a la mujer por su propia muerte, “no debió estar colgada, se arriesgaba sabiendo que tenía hijos”. Es decir, trabajar en las mismas condiciones que sus compañeros varones es culpa de la mujer y no del sistema que te impone esa forma de trabajo, pues de otro modo buscan a otra persona. No. María no es responsable de tener que lidiar sola con la manutención de sus seis hijos, en un país donde no hay educación ni salud totalmente gratuita para los niños, no es responsable que la empresa para la cual trabajó no le proporcionó seguridad laboral, estamos casi seguros que ni siquiera estaba en planillas, es decir, no tiene ningún seguro que cubra las necesidades de sus hijos huérfanos, no es responsable que en esta cultura competitiva por el dinero, tenga que poner en riesgo su propia seguridad corporal.

No es suficiente luchar para que las mujeres tengamos trabajo, “en las mismas condiciones del varón”, cuando ese trabajo es precario; no es suficiente luchar contra el acoso laboral, cuando nuestro contrato depende del acosador; no es suficiente luchar contra el agresor cuando él es el sustento económico de la familia y no hay alternativas dignas para la mujer; no es suficiente gritar por leyes en contra de la violencia sexual, cuando no se destina recursos para implementar esas leyes; no es suficiente reclamar derechos reproductivos, cuando el propio Estado nos fuerza a esterilizarnos pero también nos manda a la cárcel por abortar, u obliga a niñas violadas a parir y exhibir su maternidad precoz en un púlpito preelectoral.

Este 8 de marzo, más que nunca, la clase obrera alza su voz para acabar con este sistema capitalista que sigue matando mujeres de todas las formas, como en Irán, donde sobre los cadáveres de mujeres asesinadas por el régimen, Israel sumó los restos de casi cien niñas de una escuela primaria, en una guerra sin sentido para los obreros y obreras, pero con mucha ganancia para los Estados imperialistas.

¡Viva la lucha de las mujeres por una sociedad justa! ¡Abajo el capitalismo!

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