La contradicción del envejecimiento bajo el régimen capitalista
Por Flora C.
Llegar a ser adulto mayor en nuestros tiempos es un logro de nuestra especie y fruto de los adelantos científicos y tecnológicos de nuestra época; sin embargo, es un envejecimiento heterogéneo, donde quienes menos tienen envejecen en las peores condiciones, los pobres viven más que antes (aunque mucho menos que los burgueses), pero eso sí, con una baja calidad de vida, acentuando así las diferencias de clases al final de la vida.
El acceso de la clase proletaria a esta conquista de la humanidad ha sido en parte, producto de la lucha por los derechos laborales, como la jornada de trabajo de 8 horas, arrancados con sangre y revolución a este sistema, pues se conoce por ejemplo que trabajar más de 55 horas a la semana se asocia con mayor morbilidad y mortalidad cardiovascular; así mismo, la intervención del Estado en el manejo de la salud pública a escala nacional y permanente la inició la URSS tras la Revolución Rusa de 1917. Aun así, este sistema no ha podido garantizar un envejecimiento exitoso a las clases empobrecidas, y tampoco parece estar en sus planes.
Así podemos evidenciar que en 1950 la expectativa de vida global alcanzaba los 46.5 años, actualmente ésta es de 73.5 años en promedio para ambos sexos, con una media de 76.2 años para mujeres y 70.9 años para varones, observándose además la gran diferencia entre micro-estados ricos como Mónaco con la esperanza de vida más alta del mundo, que supera los 86 años, mientras que varios países africanos registran proyecciones inferiores a los 60 años. Los determinantes socioeconómicos del envejecimiento son evidentes, cada vez más estudios demuestran que las exposiciones a pobreza, desigualdad, malnutrición, pobre acceso a servicios básicos, educación y salud, desde edades tempranas y a lo largo de la vida, definirán la supervivencia y calidad del envejecimiento del individuo.
La transición demográfica, donde las sociedades pasan de altas tasas de natalidad y mortalidad, a bajas tasas de las mismas, es decir con el tiempo hay más adultos mayores que niños, trae consigo diversos problemas en el sistema económico capitalista actual. En Francia, por ejemplo, el Estado ha incrementado la edad de jubilación, puesto que el sistema de pensiones, tiene problemas de sostenimiento y requieren que los adultos mayores sigan produciendo, mientras la población protesta debido a que los beneficios de la jubilación son parte de las victorias ganadas al capitalismo.
Francia, como muchos países europeos, enfrenta este nuevo reto, con cada vez más jubilados y menos personas en edad de trabajar que contribuyan al sistema de pensiones que es un sistema “solidario”, es decir las pensiones de hoy se pagan con el dinero que aportan los actuales trabajadores. Esto hace evidente la crisis del capitalismo, que ya no está siendo capaz de sostener el supuesto “Estado de bienestar” ni siquiera en los países desarrollados.
Por otro lado, la baja natalidad, que entre otras razones se explica por la inestabilidad laboral y bajos salarios, así como por el alto costo de la vivienda, pobres redes de apoyo o servicios estatales de cuidados, que limitan a las familias en la posibilidad de tener hijos, en espera de un mejor momento, que muchas veces no llega; es una clara consecuencia del sistema económico actual. El capitalismo no garantiza automáticamente la sostenibilidad de un sistema solidario, porque depende de factores demográficos, laborales y fiscales.
Con el cambio demográfico hay menos cotizantes y más jubilados, siendo que el capitalismo no prioriza la reproducción social, sino la productividad económica; y así mismo la precarización del trabajo, con informalidad, desempleo, empleos temporales o inestables, además de la automatización que reemplaza la mano de obra, tienen como resultado menos aportes al sistema de pensiones, porque además de ser cada vez menos personas jóvenes que aportan, no todos logran cotizar de manera continua durante décadas. Así también el capitalismo al priorizar la reducción de impuestos a empresas e inversionistas para atraer capital, limita los recursos públicos destinados a pensiones.
Actualmente llegar a la edad de jubilación en países atrasados como el Perú implica una disminución drástica de los ingresos económicos, un trabajador promedio, puede recibir una pensión mínima mensual de S/ 400 ($ 119) si se tienen de 15 a 19 años de aporte, y una pensión máxima de S/ 893 ($ 265), sin contar de aquellos que no llegan a recibir una pensión, esto incrementa la desigualdad en el envejecimiento, ya que además de todo, los pobres envejecen en peores condiciones de salud, con mayores gastos y empobrecimiento debido a ello, para beneficio exclusivo de la industria farmacéutica transnacional.
La solución parcial que le brinda el sistema a este problema es aumentar la edad de cotización, recayendo el peso del problema sobre los trabajadores y no en el capital. Lo que necesitamos es un cambio estructural del sistema económico que logre cambiar desde la raíz todos los problemas expuestos. Solo bajo el socialismo mundial podremos conquistar una vejez productiva, saludable y digna para todos los trabajadores.