La lucha contra el fascismo en el Perú
¿Existe el fascismo en el Perú? ¿Son el fujimorismo y su actual gobierno fascistas? Estas son preguntas de extrema importancia que el proletariado consciente debe saber responder para orientarse correctamente en la situación política actual.
En primer lugar, aclaremos qué es el fascismo. El fascismo es un movimiento político contrarrevolucionario que nace en Italia después del triunfo de la gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 en Rusia, bajo la dirección de Lenin y Trotsky. Así, la burguesía crea el fascismo para detener la marcha de la revolución proletaria sobre una Europa arruinada por la guerra imperialista. El propio Benito Mussolini lo explica con sencillez: “el fascismo es contrario al socialismo, el cual reduce e inmoviliza el movimiento histórico en la lucha de clase e ignora la unidad del Estado que puede reunir a las clases armonizándolas en una sola realidad económica y moral”.
Ahora bien, para cumplir su misión anticomunista, el fascismo debe aplastar la democracia burguesa que ofrece a las organizaciones obreras libertades que la burguesía ya no puede tolerar. El antidemocratismo es, como se sabe, el otro rasgo clave del fascismo. Sin embargo, hasta aquí el fascismo se podría confundir con cualquier dictadura anticomunista, como la dictadura de los Zares en Rusia por ejemplo. La diferencia esencial radica en que el fascismo organiza y arma a las masas pequeñoburguesas desesperadas por su situación sin salida bajo el capitalismo, canalizando su descontento hacia los cauces de la reacción violenta.
Así, anima y arma no solo a la pequeña burguesía acomodada, sino también a sus capas empobrecidas e incluso a elementos de la aristocracia obrera y los desocupados; busca aislar a la clase obrera y su vanguardia de las demás clases explotadas a las que arma para aplastarla, echándole la culpa de su situación, combinando su acción antiobrera con críticas al gran capital (de allí el uso de cierta fraseología “socialista”). El fascismo es, pues, la rabia de la clase media quebrada que sale a la calle a disparar contra los de arriba y contra los de abajo.
Pero al armar a una parte de los explotados, la burguesía empieza a jugar con fuego, que buscará apagar una vez que el fascismo haya aplastado a las organizaciones políticas y sindicales del proletariado. Por esta razón, el régimen fascista como tal tiene una duración breve: en Alemania, por ejemplo, Hitler terminó descabezando y desarmando a las SA, su milicia pequeñoburguesa, en menos de dos años desde su nombramiento como Canciller, convirtiendo su régimen en una dictadura militar bonapartista.
En el caso de América Latina, y del Perú en particular, no ha existido un movimiento que haya logrado a través de una insurrección de masas pequeñoburguesas, imponer un régimen fascista, aunque sea por unos años.
Se pueden identificar intentos, como la insurrección de Sao Paulo de 1932 en Brasil, o las acciones del Movimiento Nacional-Socialista de Chile en 1938. Esto no significa que no hayan existido y sigan existiendo organizaciones fascistas en el continente; al contrario, muchas veces las milicias fascistas han servido como apoyo civil de golpes bonapartistas como el de Pinochet, también en Chile. Pero una cosa es el apoyo a un golpe militar, y otra muy diferente una insurrección que lleva a sus líderes al poder, como sí sucedió en Ucrania el 2014, con el triunfo del levantamiento armado del Maidán que condujo a la formación de un gobierno encabezado por líderes abiertamente neonazis, sirvientes de los EE. UU. y la UE imperialista.
En el caso del Perú, se ha sembrado mucha confusión al respecto, tildando de fascista al gobierno bonapartista de Sánchez Cerro e incluso al de Velasco, sobre la base de ciertas coincidencias en su accionar o discurso, pero obviando que ninguno de ellos llegó al poder a través de una insurrección de masas pequeñoburguesas. De forma igualmente superficial se llamó fascistas a partidos de frente-popular como el APRA y sus equivalentes en América Latina (Vargas, Perón, etc.), olvidando que en los países oprimidos el fascismo no es nacionalista sino proimperialista.
En el caso de Fujimori, su autogolpe de 1992 fue claramente bonapartista, organizado desde la embajada yanqui y la cúpula de las Fuerzas Armadas, golpe que estas ya tenían planificado hacer. Y si bien solo unos meses atrás, Fujimori hizo entrega de fusiles a los llamados “Comités de Autodefensa”, no fueron estas milicias fascistas las que rodearon el Parlamento burgués el 5 de abril, sino los tanques de Hermoza Ríos y Montesinos. De hecho, estos comités rurales y urbanos ya habían sido organizados desde el segundo gobierno del “demócrata” Belaúnde y el mismo Vargas Llosa, declaró que de llegar al poder les entregaría armas, siguiendo el ejemplo del Estado yanqui-sionista de Israel.
Con la caída de Fujimori el año 2000, estas milicias fascistas se agazaparon, para luego ser identificadas y procesadas por algunos de sus crímenes, llevando a prisión a algunos de sus integrantes. Con el nuevo ascenso del partido fujimorista, sobre la base de su Constitución intacta y el desprestigio del chavismo burgués, estas milicias fascistas se fueron reorganizando, apareciendo el 2018, la agrupación armada “La Resistencia”, abierta defensora de los crímenes de la dictadura fujimorista. Sin embargo, aún hoy sigue siendo un movimiento marginal, que actúa más como fuerza de choque de Keiko Fujimori y sus aliados políticos.
Y es que no se debe olvidar que una precondición fundamental para que el fascismo se convierta en un movimiento de masas, es la debacle económica de la clase media, y lo más cerca a esto que hemos estado recientemente es la crisis provocada por la pandemia y la cuarentena militar del hambre de 2020-2022. Justamente es en este contexto que surge la llamada “Generación del Bicentenario”, que movilizó a todas las capas de la juventud pequeñoburguesa de Lima, desde los distritos ricos de Miraflores, San Borja y La Molina, hasta los más pobres de San Juan de Lurigancho, Comas y el Rímac.
Como ya hemos explicado en su momento, este violento movimiento antiparlamentario, no surge para reivindicar alguna mejora económica para los trabajadores o más impuestos a las transnacionales. Nace en rechazo de la vacancia parlamentaria del entonces Presidente Martín Vizcarra, el carismático empresario de derecha que accedió al cargo luego de la renuncia de su jefe, el banquero yanqui PPK. Así, para acabar con la corrupción del Congreso burgués, la “Generación del Bicentenario” planteó su cierre permanente, dejando todo el poder en manos de la Presidencia de la República bajo el amparo de la Constitución presidencialista de Fujimori, cuya vigencia jamás cuestionó.
Se trató, entonces, de un claro movimiento pequeñoburgués protofascista, alentado impúdicamente por la gran prensa y fujimoristas recicladas como Rosa María Palacios, y cuyo rostro antiobrero se terminó de develar solo unas semanas después, cuando le dio la espalda a la más grande huelga obrera del siglo XXI en el Perú, la de la agroindustria, aplaudiendo la represión y asesinato de obreros a manos del Gobierno vizcarrista de Francisco Sagasti, surgido de su movilización.
Así, la clase obrera debe tener claro que no todo fascista es un fanático fujimorista, y no toda acción contra el podrido Congreso burgués es progresiva; también el fascismo reclama la abolición del parlamento y la entrega de todo el poder a un caudillo carismático.
Lo cierto es que hoy, en la medida que la clase media ha alcanzado cierta estabilidad financiera pospandémica, una insurrección fascista no está en el orden del día. Lo que enfrentamos hoy es una dictadura cívico-militar bonapartista, cuyas elecciones “democráticas” fueron organizadas después de asesinar manifestantes, proscribir partidos y encarcelar opositores, una puesta en escena electoral a la que le hicieron juego las direcciones reformistas del proletariado que llamaron a votar por Roberto Sánchez, ese miserable sionista que aún no se puede limpiar la sangre de los campesinos pobres de Bagua, asesinados por el fundador de su partido “humanista”.
Para traer abajo la dictadura actual, las masas explotadas del Perú deben reorganizar sus fuerzas, poner en pie sus comités de autodefensa, pero sobre todo deben exigirles a sus dirigentes romper toda relación con cualquier fracción burguesa, así se pinte de antifascista, progresista y hasta socialista. Solo la lucha mancomunada de todos los explotados del continente y del mundo por el socialismo, nos podrá librar de una vez y por todas de las dictaduras, las guerras y el hambre que los trabajadores deben padecer mientras se siga prolongando la agonía del capitalismo.
¡ABAJO EL FUJIMORISMO Y EL REFORMISMO!
¡POR UN PARTIDO OBRERO INTERNACIONALISTA!
¡POR LA REFUNDACIÓN DE LA CUARTA INTERNACIONAL!